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«Las Durmientes»: un feminismo de la alteración

por Sofía Brito.

En la efervescencia de los tiempos que corren, como en cada espiral del movimiento feminista, la escritura se convierte en un arma ineludible. La narración desde la reivindicación de las mujeres, desde y para las mujeres, posibilita la reemergencia feminista. El feminismo –como dijera Julieta Kirkwood– se vuelve palabra y sentido común.

La literatura feminista genera espacios de resistencia, construcción de imaginarios otros, inclusive en aquellos momentos donde el vocablo ‘género’ intentó adormecer las rebeldías presentes en la multiplicidad expresiva del feminismo. Hoy, las revueltas del cuerpo han permitido que la polisemia presente en los feminismos se desborde en los más variados procesos escriturales, donde la memoria de las estructuras familiares y los roles que se nos han asignado históricamente son temáticas centrales.

En este contexto, Las Durmientes nos entrega una propuesta necesaria, que reivindica nuevos imaginarios del ser mujer, desde una relectura de nosotras mismas, las historias acalladas en que transitan místicas. La escritura situada en un Chile rural se entreteje con los ciclos de una realidad donde no hay comodidades a las cuales aferrarse: los ciclos de la vid, los ciclos de las labores en el campo, los ciclos de la memoria que se resiste frente a los tabúes de la masculinidad, los ciclos de las maldiciones.

La fortaleza mitológica que irrumpe desde Las durmientes nace desde aquel hilo negro que aúna nuestras opresiones, relatándonos aquellos lugares que nos han sido contados como comunes desde otra voz, una voz nuestra. Es así como a través de los relatos se produce una subversión de la condición de la mujer, aquella que cumple y no, con los cánones establecidos. La loca del pueblo, la hermana solterona, la nana, la tía, asumen otra posición. La histeria deja de ser una patología de lo femenino para adoptar la forma de mito revelador. Las malvadas mujeres de negro que portan maldiciones son aquellas lúcidas voces que nos permiten descifrar aquello que no se nos ha dejado pensar de lo que significa ser mujer. La maldición se vuelve así la llave de nuestra liberación, del estar completas.

La poética desafiante nos permite transportarnos a esos lugares comunes, a través del verso libre que nos remite a diversas épocas y lugares. Así se ilustran desde lo rural y lo cotidiano acontecimientos de nuestra historia. Lo político y lo personal se vuelve un solo espacio. Aquella poética que se nos cuela por todos los rincones hace de Las durmientes una obra de una melancolía dulce, que nos transporta a aquellas memorias de la infancia, de la inocencia valiente, que no teme enfrentarse a nada: «La luz naranja de la tarde se cuela entre las ramas. Viene a mi recuerdo la niña Sol cuando intentaba tomarlas, cuando dormía y soñaba con coronas. Cuando creía que las dos íbamos a ser reinas» (Valenzuela 28).

No es cualquier feminismo el que se presenta en la obra de Camila Valenzuela, es un feminismo para el despertar, para la transformación, que emerge desde la búsqueda de las raíces, los hilos negros que unen sus orígenes, los mitos que componen nuestra piel, que nos son negados por el silencio de los secretos familiares. «Yo no estoy aquí. Estoy con ella, con todas ellas. Esas a quienes no invitaron, no fotografiaron ni nombraron» (Valenzuela 55). La poética de Camila vuelve las voces de las personajes en voces que nos interpelan, voces que no aspiran a un ideal de universalización, sino de la alteración de aquellos universales que nos han sido dados como naturales. El despertar feminista de Las Durmientes nos remece y entrega la potencia, la posibilidad de vivir el mundo de otro modo, un mundo donde nos sentimos completas, desde las raíces hasta las puntas. Ya no somos nosotras las dormidas, como nos dicen las hablantes de la obra: «Del otro lado, son ellos los que duermen».